
Karma: no es castigo, es la vida que vamos construyendo
Dr. Alexis Lima Suárez
Cuando hablamos de Karma, muchas veces lo hacemos desde el miedo. Pensamos inmediatamente en deudas, castigos, dificultades o acontecimientos negativos que inevitablemente tendrán que llegar a nuestra vida.
Pero quizá deberíamos comenzar a verlo de otra manera.
El Karma, en esencia, puede comprenderse como la ley de causa y efecto.
Cada acción genera consecuencias. Cada decisión, cada palabra, cada forma de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos va colocando algo en nuestra vida.
Por eso, el Karma no tiene por qué ser visto como algo malo o fatídico.
El Karma simplemente es.
Lo positivo o negativo no está en la existencia del Karma, sino en aquello que nosotros vamos depositando en él.
Una cuenta bancaria que construimos cada día
Una forma sencilla de comprenderlo es imaginar una cuenta bancaria.
La cuenta bancaria en sí misma no es buena ni mala. Todo depende de lo que haya dentro.
Si tenemos un saldo de -1.000 €, probablemente tendremos un problema. Si tenemos +1.000 €, tendremos recursos disponibles.
Pero la cuenta sigue siendo exactamente la misma.
Con el Karma podemos utilizar una imagen semejante.
A lo largo de nuestra vida vamos realizando depósitos y retiradas. Vamos generando causas positivas y negativas mediante nuestros pensamientos, palabras, decisiones y acciones.
Y aquello que encontramos en nuestra particular “cuenta kármica” depende, en buena medida, de lo que anteriormente hemos ido colocando en ella.
Esto cambia completamente nuestra manera de entender el Karma.
En lugar de preguntarnos:
«¿Qué me va a hacer el Karma?»
podríamos comenzar a preguntarnos:
«¿Qué estoy creando hoy?»
La importancia de la intención
No todas nuestras acciones se realizan con el mismo grado de conciencia.
Podemos hacer daño sin comprender plenamente que lo estamos haciendo. Pero también podemos decidir conscientemente herir a otra persona.
Imaginemos algo muy sencillo.
Puedo decirle algo desagradable a alguien sin intención consciente de ofenderlo. Quizá para mí esa expresión no tiene importancia, pero la otra persona se siente herida.
Existe una consecuencia derivada de mi acción.
Pero la situación cambia cuando pienso deliberadamente:
«Voy a decirle esto porque quiero hacerle daño.»
Aquí ya aparece una intención consciente.
No solamente estoy realizando una acción que puede producir sufrimiento, sino que además estoy decidiendo utilizarla para herir.
Desde esta perspectiva, la conciencia y la intención con las que actuamos forman parte de aquello que estamos construyendo.
Esto también está relacionado con la construcción del carácter.
Cuando conscientemente dejamos de actuar desde la bondad amorosa, la no agresión, la correcta expresión o cualquiera de las virtudes que intentamos desarrollar, no estamos simplemente realizando una acción aislada: estamos reforzando una determinada manera de ser.
Y esa manera de ser también genera consecuencias.
La correcta expresión: no solamente importa lo que digo
Otro aspecto importante es la comunicación.
La correcta expresión no consiste solamente en preguntarnos:
«¿Qué dije?»
También debemos considerar:
¿Cómo puede ser recibido lo que estoy diciendo?
Una misma palabra puede significar cosas completamente diferentes dependiendo de la cultura, del contexto, de la relación entre las personas e incluso del momento emocional en el que se encuentran.
Nuestra responsabilidad consiste en intentar expresar aquello que pensamos y sentimos de la mejor manera posible.
Pero existe también un límite.
No podemos vivir permanentemente calculando cada palabra para garantizar que ninguna persona interprete negativamente lo que decimos.
Yo soy responsable de intentar expresarme correctamente, pero también existe una responsabilidad en quien recibe e interpreta el mensaje.**
Comprender esta diferencia evita una enorme cantidad de sufrimiento innecesario.
Cuando existe un conflicto, no siempre debemos resolverlo inmediatamente
Tenemos la tendencia a querer arreglar una discusión en el mismo instante en el que ocurre.
Y muchas veces conseguimos exactamente lo contrario.
Cuando dos personas están emocionalmente condicionadas, insistir en continuar hablando puede aumentar todavía más el conflicto.
Una palabra genera otra palabra.
Una explicación genera otra discusión.
Y aquello que comenzó siendo pequeño termina convirtiéndose en una enorme bola de nieve.
A veces es mucho más inteligente detenernos.
Mañana podremos decir:
Esto fue lo que dije, esta era mi intención y esto era realmente lo que quería expresar.
Cuando las emociones han disminuido, existe mucho más espacio para comprenderse.
La pausa también puede ser una forma de correcta expresión.
Karma y sentimiento de culpa no son lo mismo
Otro error frecuente es confundir Karma con culpa.
Son cosas diferentes.
El sentimiento de culpa aparece desde nuestro mundo interior.
Hacemos algo y posteriormente comenzamos a juzgarnos:
«No debería haberlo dicho.»
«¿Qué habrá pensado de mí?»
«Quizá no vuelva.»
«Seguro que ahora está enfadado.»
Y poco a poco comenzamos a construir una historia dentro de nuestra cabeza que, en muchas ocasiones, ni siquiera sabemos si es real.
Eso es autojuicio.
El Karma no depende de que yo posteriormente me sienta culpable.
Una acción y sus consecuencias son una cosa.
El sufrimiento psicológico que yo mismo genero al juzgarme es otra.
Sin embargo, existe un punto en el que ambos pueden encontrarse: cuando la culpa se convierte en autocastigo.
Porque la bondad amorosa no debe dirigirse solamente hacia los demás.
También necesitamos aprender a tratarnos correctamente a nosotros mismos.
Si después de cometer un error comienzo a atacarme, despreciarme y castigarme constantemente, estoy generando una nueva causa de sufrimiento.
Por eso necesitamos aprender del error sin convertir el aprendizaje en autodestrucción.
No tengamos miedo al Karma
Este es probablemente uno de los mensajes más importantes:
no debemos tenerle miedo al Karma.
Todo lo contrario.
Comprenderlo puede convertirse en una extraordinaria herramienta para nuestra vida.
Si comprendo que generar sufrimiento produce consecuencias, intentaré evitar conscientemente hacer daño.
Pero también funciona en la otra dirección.
Si comprendo que hacer el bien genera causas positivas, entonces puedo comenzar deliberadamente a sembrar aquello que deseo encontrar posteriormente en mi vida.
Esto es crear Karma positivo conscientemente.
#¿Qué quieres recoger? Comienza por sembrarlo
A veces nos preguntamos:
«¿Por qué no tengo determinadas cosas en mi vida?»
Podemos utilizar una imagen muy sencilla.
¿Por qué no tengo mangos en mi patio?
Quizá porque nunca sembré un mango.
Si hubiese plantado una semilla, hubiese cuidado el árbol y hubiese esperado el tiempo necesario, posiblemente llegaría el momento en que podría recoger sus frutos.
Con nuestra vida ocurre algo parecido.
¿Qué quieres recibir?
Comienza por preguntarte qué necesitas sembrar.
Si quieres bondad, siembra bondad.
Si quieres oportunidades, ayuda a crear oportunidades.
Si quieres comprensión, intenta comprender.
Si quieres prosperidad, aprende también a contribuir a la prosperidad de otros.
Si quieres amor, comienza generando amor.
No basta con desear el fruto.
Hay que plantar la semilla.
El Karma se construye poco a poco
Otro punto fundamental es comprender que la construcción del Karma suele ser paulatina.
Plantamos una patata y no esperamos encontrar al día siguiente una cosecha completa.
Necesitamos sembrarla, cuidarla y permitir que transcurra el proceso necesario.
Lo mismo sucede cuando construimos un edificio.
No colocamos un ladrillo hoy y mañana tenemos veinte plantas terminadas.
Se necesitan días, semanas, meses y algunas veces años.
Con muchas de las causas que generamos ocurre exactamente lo mismo.
Hoy comenzamos algo cuyos resultados quizá experimentemos mucho más adelante.
Esto se aplica tanto al Karma positivo como al negativo.
El edificio no cae por el último golpe
Imaginemos ahora un edificio.
Cada día retiramos discretamente una pequeña parte de una columna de la planta baja.
Hoy no sucede nada.
Mañana tampoco.
Durante mucho tiempo aparentemente el edificio continúa perfectamente.
Hasta que un día la estructura deja de soportar el peso y todo se derrumba.
Cuando contemplamos la caída podemos pensar:
Todo sucedió hoy.
Pero no.
Hoy solamente apareció la consecuencia visible de un proceso que llevaba mucho tiempo construyéndose.
En nuestra vida puede suceder algo parecido.
Muchas situaciones que parecen aparecer repentinamente son el resultado final de pequeñas causas que se han ido acumulando.
Y también ocurre con las cosas positivas.
Aparentemente una persona puede recibir de repente una gran oportunidad, pero detrás quizá existan años de preparación, servicio, disciplina y pequeñas acciones que fueron construyendo las condiciones necesarias.
La aceleración kármica puede ser positiva o negativa
Por eso tampoco deberíamos interpretar automáticamente una aceleración kármica como algo negativo.
Si existe una acumulación de determinadas causas, sus resultados pueden manifestarse con mayor intensidad o rapidez.
Pero esa manifestación puede producirse en ambas direcciones.
Puede acelerarse una consecuencia difícil.
Pero también puede acelerarse una consecuencia positiva.
Podemos encontrar de repente oportunidades, personas, recursos o circunstancias favorables que son la expresión de algo que llevábamos mucho tiempo sembrando.
Por eso el concepto de aceleración kármica no debería generar miedo.
La pregunta importante vuelve a ser:
¿Qué hemos estado acumulando?
¿Podemos cambiar nuestro Karma?
Desde esta comprensión espiritual, el Karma no tiene que contemplarse como una sentencia inamovible.
Podemos continuar generando nuevas causas.
Podemos hacer el bien.
Podemos servir.
Podemos compartir.
Podemos practicar la generosidad.
Podemos corregir determinados comportamientos.
Podemos trabajar conscientemente sobre nuestro carácter.
Podemos crear Karma positivo.
En la conversación utilizábamos otra imagen: si tengo muchos sacos de patatas y necesito otros alimentos, puedo intentar intercambiar una parte por piñas, mangos, cebollas o aguacates.
La idea de fondo es sencilla:
aquello positivo que generamos puede convertirse en un recurso dentro de nuestro desarrollo espiritual.
Desde esta perspectiva espiritual también hablamos de la posibilidad de pedir que determinados méritos o causas positivas sean utilizados para ayudar a neutralizar o transformar determinadas condiciones negativas.
Pero no se trata de una operación matemática automática.
No todas las acciones tienen la misma gravedad ni todas las consecuencias pueden equipararse.
Una pequeña acción positiva no puede utilizarse como excusa para continuar realizando conscientemente acciones destructivas.
La verdadera transformación exige cambio, conciencia y una nueva manera de actuar.
Construimos Karma positivo y negativo al mismo tiempo
Existe todavía otro problema.
Muchas veces vamos construyendo en ambas direcciones simultáneamente.
Colocamos un ladrillo y después retiramos otro.
Hacemos algo positivo y posteriormente hacemos algo que genera nuevas dificultades.
Construimos y destruimos.
Construimos y destruimos.
Y entonces nos preguntamos por qué nuestro «edificio» nunca termina de crecer.
Esta puede ser una buena invitación a observar nuestra vida con mayor honestidad.
No solamente debemos preguntarnos cuánto bien hacemos.
También necesitamos observar qué comportamientos continúan neutralizando nuestro propio crecimiento.
El conocimiento del Karma nos devuelve responsabilidad
Comprender el Karma no debería convertirnos en personas temerosas.
Debería hacernos más conscientes.
Más responsables de nuestras palabras.
Más responsables de nuestras acciones.
Más atentos a nuestras intenciones.
Más cuidadosos con los demás.
Y también más amorosos con nosotros mismos.
Porque dejamos de sentir que nuestra vida depende exclusivamente de fuerzas externas y comenzamos a comprender que cada día estamos participando en su construcción.
Céntimo a céntimo.
Semilla a semilla.
Ladrillo a ladrillo.
Acción a acción.
Entonces, ¿qué queremos construir?
Quizá esta sea la pregunta verdaderamente importante.
No qué Karma tenemos.
No cuánto Karma negativo acumulamos.
No qué desgracia puede llegar mañana.
Sino:
¿Qué estoy sembrando hoy?
Porque aquello que hacemos repetidamente termina formando nuestro carácter.
Nuestro carácter condiciona nuestras decisiones.
Nuestras decisiones generan causas.
Y las causas, tarde o temprano, producen consecuencias.
Por eso no tengamos miedo al Karma.
Aprendamos a utilizar su comprensión para vivir conscientemente.
Si quieres recoger algo diferente mañana, comienza a sembrarlo hoy.