Ángeles y Arcángeles: aprender a caminar acompañados

Ángeles y Arcángeles: aprender a caminar acompañados

Dr.  Alexis Lima Suárez

Hablar de los ángeles no significa solamente hablar de seres espirituales a los que acudimos cuando tenemos un problema.

Desde una visión espiritual, podemos comprender el mundo angelical como un reino que nos acompaña, nos protege y nos ayuda en nuestro proceso de evolución.

Quizá una de las ideas más importantes sea también una de las más sencillas:

no estamos solos.

El Ángel de la Guarda: una presencia que nos acompaña

Dentro de esta concepción espiritual, al menos un ángel nos acompaña desde nuestro nacimiento: nuestro Ángel de la Guarda.

Su función fundamental es acompañarnos y cuidarnos durante nuestro camino.

Pero nuestra relación con el mundo angelical no termina ahí.

Según el desarrollo espiritual del alma, pueden existir otros ángeles vinculados a nuestro proceso evolutivo. Este acompañamiento no dependería simplemente de nuestra edad cronológica ni de cuánto tiempo llevemos realizando determinadas prácticas espirituales, sino del desarrollo alcanzado por el alma a lo largo de su recorrido.

El punto esencial es que, seamos conscientes o no de ellos, el acompañamiento espiritual continúa existiendo.

El reino angelical

Podemos imaginar la evolución de la vida en diferentes niveles o reinos.

Encontramos el reino mineral, el vegetal, el animal y el humano. El ser humano ocupa una posición particular porque participa simultáneamente de la experiencia material y de la dimensión espiritual.

Cuidamos animales.

Cuidamos plantas.

Utilizamos y protegemos determinados elementos del reino mineral.

De la misma manera que nosotros podemos acompañar y cuidar los reinos que se encuentran por debajo del humano, desde esta visión espiritual existen reinos superiores cuya función también incluye acompañarnos.

El más cercano a nosotros sería el reino angelical.

Esto nos permite comprender la relación con los ángeles no solamente desde la petición, sino desde una estructura de cooperación entre diferentes niveles de evolución.

Los Ángeles y los Arcángeles no cumplen exactamente la misma función

Es importante diferenciar entre los ángeles que pueden acompañarnos de manera permanente y aquellos que acuden para determinadas funciones.

Los Arcángeles pertenecen a una dimensión mucho mayor.

No se trata de pensar que un Arcángel pertenece individualmente a una persona.

Cuando invocamos su ayuda, podemos comprender que su energía, su influencia o los seres angelicales bajo su dirección se acercan para ayudarnos.

Esto nos lleva a una cuestión fundamental:

¿cómo podemos desarrollar nuestra relación con ellos?

La relación con los Ángeles se construye

Podemos utilizar un ejemplo cotidiano.

Imaginemos que necesitamos ayuda de alguien.

No es igual pedírsela a un amigo de hace quince años que a una persona que acabamos de conocer.

Con el amigo existe relación.

Existe comunicación.

Existe confianza.

Existe un camino compartido.

Con los ángeles podemos aplicar una enseñanza semejante.

No deberíamos acordarnos del mundo angelical solamente cuando estamos desesperados.

Podemos desarrollar una relación cotidiana con ellos.

Hablarles.

Invocarlos.

Agradecerles.

Meditar.

Reconocer su presencia.

Hacerlos formar parte de nuestra práctica espiritual.

No porque los ángeles se nieguen a ayudar a quien nunca los ha invocado, sino porque una relación espiritual consciente se fortalece mediante la constancia.

Amar: el comienzo de la relación

Hay una condición todavía más profunda.

El amor.

Pero el primer amor no comienza fuera.

Comienza con nosotros.

Tenemos que aprender a amarnos.

Cuidarnos.

Respetarnos.

Trabajar sobre nuestros defectos y desarrollar nuestras virtudes.

Y desde esa capacidad de amar podemos aprender también a relacionarnos amorosamente con el mundo espiritual.

La relación con los ángeles no debería construirse exclusivamente desde:

«Dame.»

«Protégeme.»

«Resuélveme esto.»

«Necesito aquello.»

Una relación auténtica implica también presencia, gratitud y transformación interior.

Los cuatro Arcángeles

Dentro de la práctica que utilizamos, trabajamos especialmente con cuatro grandes Arcángeles.

Cada uno representa una cualidad y una función determinada.

Arcángel Uriel — Luz e Inteligencia

Visualizamos al Arcángel Uriel delante de nosotros.

Representa la luz, la inteligencia, la claridad y la comprensión.

Podemos invocarlo cuando necesitamos ver con mayor claridad una situación, comprender algo, tomar una decisión o encontrar luz en medio de la confusión.

Cuando necesito claridad, simplemente puedo decir:

«Uriel.»

Y recordar inmediatamente aquello que representa.

Arcángel Rafael — Amor y Sanación

Visualizamos al Arcángel Rafael detrás de nosotros.

Está relacionado con la salud, la sanación y el amor.

Podemos acudir a él cuando necesitamos apoyo en un proceso de sanación, equilibrio o recuperación.

Cuando necesito sanación:

«Rafael.»

Arcángel Miguel — Poder y Protección

Visualizamos al Arcángel Miguel a nuestra derecha.

Representa el poder, la fuerza y especialmente la protección.

Cuando necesitamos protección podemos dirigir nuestra atención hacia nuestra derecha e invocarlo:

«Miguel, protégeme.»

La repetición de esta práctica ayuda a que nuestra mente y nuestra conciencia relacionen inmediatamente su presencia con la protección.

Arcángel Gabriel — Presencia de Dios

Visualizamos al Arcángel Gabriel a nuestra izquierda.

Su función, dentro de esta práctica, está relacionada con colocarnos en la presencia de Dios.

Hay momentos en los que hemos intentado resolverlo todo.

Pensamos.

Planificamos.

Buscamos soluciones.

Y quizá necesitamos simplemente detenernos y permitir que una conciencia superior guíe el proceso.

Es entonces cuando podemos invocar a Gabriel y entregar aquello que no somos capaces de controlar.

De esta manera aparecen cuatro grandes aspectos:

Luz. Amor. Poder. Presencia Divina.

Una práctica sencilla para comenzar el día

No necesitamos realizar siempre una larga ceremonia.

La práctica puede ser extraordinariamente sencilla.

Al despertar:

Uriel delante. Rafael detrás. Miguel a la derecha. Gabriel a la izquierda.

Los invocamos.

Reconocemos su presencia.

Y comenzamos nuestro día.

Cuando esta práctica se repite diariamente, la relación deja de ser algo puramente conceptual y comienza a formar parte de nuestra experiencia espiritual cotidiana.

No tenemos que esperar hasta que aparezca una dificultad para acordarnos de ellos.

La energía dorada y la elevación de la vibración

Dentro de esta enseñanza espiritual hablamos también de la energía dorada.

Cuando elevamos nuestra vibración, nuestro campo energético puede aumentar la presencia de esta energía.

La energía dorada está especialmente relacionada con el mundo espiritual y angelical.

Pero entonces aparece una pregunta importante:

¿cómo elevamos nuestra vibración?

No necesitamos buscar procedimientos extraordinariamente complicados.

Hay dos herramientas fundamentales.

Primera: construcción del carácter

La espiritualidad no consiste solamente en meditar.

Podemos realizar muchas meditaciones y continuar siendo egoístas, agresivos, envidiosos o dañinos.

Por eso el trabajo sobre el carácter es indispensable.

Observar nuestras palabras.

Observar nuestras reacciones.

Aprender a no herir.

Desarrollar amor.

Generosidad.

Honestidad.

Humildad.

Paciencia.

Servicio.

El verdadero desarrollo espiritual debe producir progresivamente una transformación en nuestra manera de vivir.

Segunda: meditar

La segunda herramienta es sencilla de explicar:

meditar, meditar y meditar.

Idealmente podemos incorporar la meditación a nuestra vida cotidiana.

Si podemos hacerlo diariamente, magnífico.

Si no podemos todos los días, varias veces por semana.

Y si no es posible, comenzar incluso con una práctica semanal.

Lo importante es que deje de ser algo excepcional y se convierta en una parte natural de nuestra vida.

La espiritualidad no significa escapar del mundo

Existe una idea que considero especialmente importante.

No necesitamos convertirnos en personas aisladas para evolucionar espiritualmente.

Podemos trabajar.

Podemos reunirnos con amigos.

Podemos bailar.

Podemos ir a un restaurante.

Podemos disfrutar de la vida.

Y también podemos meditar.

No necesitamos encerrarnos permanentemente para evitar toda influencia externa.

Porque el objetivo no es solamente recibir luz.

También debemos llevar luz.

¿De qué sirve desarrollar nuestra espiritualidad si después no somos capaces de aportar algo al mundo que nos rodea?

El verdadero trabajo consiste en entrar en contacto con la vida, experimentar sus dificultades, relacionarnos con las personas y después regresar a nuestro centro.

Meditar.

Limpiarnos.

Reequilibrarnos.

Y volver nuevamente al mundo.

Elevar nuestra vibración también beneficia a quienes nos rodean

Cuando una persona cambia interiormente, algo comienza a cambiar alrededor de ella.

Cuando estamos en paz, nuestra manera de hablar cambia.

Cuando desarrollamos amor, nuestra forma de relacionarnos cambia.

Cuando aumentamos nuestra conciencia, nuestras decisiones cambian.

Y esas decisiones afectan a otras personas.

Por eso podríamos expresar esta enseñanza de una manera muy sencilla:

Si quieres cambiar el mundo, comienza cambiando tú.

Si quieres que haya más luz, comienza iluminando.

No necesitamos iluminar el planeta entero.

Comencemos por nuestro pequeño espacio.

Nuestra casa.

Nuestra familia.

Nuestro trabajo.

Nuestros amigos.

Las personas que encontramos cada día.

Cuando una persona comienza a iluminar, puede ayudar a que otras también recuerden su propia luz.

Los Ángeles continúan ahí incluso en nuestros momentos difíciles

Quizá exista algo todavía más hermoso.

No tenemos que ser perfectos para recibir ayuda.

Los ángeles que tienen la misión de acompañarnos no desaparecen porque estemos atravesando una mala etapa.

Incluso cuando sentimos que estamos «metidos en el lodo hasta el cuello», desde esta visión espiritual ellos continúan intentando ayudarnos a salir.

Podemos olvidarnos de ellos.

Podemos alejarnos de nuestra práctica.

Podemos cometer errores.

Podemos pasar por periodos de oscuridad.

Y, aun así, podemos volver.

No se trata solamente de pedir protección

Trabajar con los ángeles es también trabajar con nosotros mismos.

Porque cada vez que pedimos luz debemos estar dispuestos a mirar.

Cada vez que pedimos sanación debemos estar dispuestos a cambiar.

Cada vez que pedimos protección debemos aprender también a proteger correctamente nuestra energía y nuestras decisiones.

Cada vez que pedimos la presencia de Dios debemos estar dispuestos a soltar una parte de nuestro deseo de control.

Por eso la relación con los ángeles puede convertirse también en un camino de crecimiento interior.

No es solamente:

«Ángel, ayúdame.»

También es preguntarnos:

«¿Qué debo transformar en mí para estar más cerca de la luz?»

Una relación que se cultiva cada día

No necesitamos esperar una experiencia extraordinaria.

Podemos comenzar simplemente mañana al despertar.

Cerrar los ojos unos segundos.

Respirar.

Y reconocer:

Uriel delante de mí. Rafael detrás de mí. Miguel a mi derecha. Gabriel a mi izquierda.

Luz.

Amor.

Poder.

Presencia de Dios.

Después podemos comenzar nuestro día.

Y repetirlo.

Día tras día.

Porque las grandes relaciones también se construyen mediante pequeños encuentros.

Y quizá el verdadero objetivo no sea solamente conseguir que los ángeles estén más cerca de nosotros.

Quizá sea conseguir que nosotros aprendamos a estar cada vez más cerca de la Luz.